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Georgia O´Keefe: las flores de piedra

Dr. José Manuel Rodríguez Pérez

Las incontables generaciones que nos preceden nos han demostrado una y otra vez que somos seres perfectibles y adaptables. Todas las mañanas nos adaptamos a la, a veces insoportable, convivencia con nuestros semejantes; nos adaptamos a la mano que los dioses escogieron para nosotros; a la miseria y a la riqueza; a la inquebrantable juventud y al declive de la vejez; pero, por sobre todo, nos adaptamos al delicado equilibrio que llamamos “salud”. 

En uno de los primeros artículos de esta sección, abordamos la forma en que Edward Munch desarrolló una suerte de “síndrome de Estocolmo” con respecto a su hemovítreo. En esta ocasión, quiero hablarles sobre otra forma de adaptarse a la enfermedad. 

 

Nuestra historia comienza en un pueblito de Wisconsin, donde en 1887 nació Georgia O´Keeffe, la segunda de los siete hijos de Francis Calyxtus O’Keeffe (inmigrante irlandés)  e Ida Totto (descendiente de inmigrantes húngaros). Desde muy joven mostró interés por el arte y estudió en algunas de las escuelas más prestigiosas de su tiempo, incluyendo el Art Institute of Chicago y la Art Students League de Nueva York. Las complicaciones empezaron en 1908, cuando tuvo que suspender sus estudios por problemas económicos; su padre se había declarado en bancarrota y su madre sufría de tuberculosis. Pese a las peripecias del destino, continúo aprendiendo hasta que su camino la llevó a la Universidad de Virginia, donde entró en contacto con las ideas del modernismo, especialmente a través de Arthur Wesley Dow y su enfoque compositivo basado en crear arte desde la interpretación por sobre la copia y la representación. Las ideas de Dow transformaron su manera de entender el proceso creativo y resultaron decisivas en su evolución artística.

 

Para 1915, Georgia convertía acuarelas y carboncillos en obras de abstracción total, y fue entonces que comenzó a desarrollar una voz visual verdaderamente propia.

 

Por aquel año, Georgia conoció a quién sería su mecenas, colega y esposo: Alfred Stigliitz, un fotógrafo y gran pionero de esta disciplina como forma de arte, quien impulsó la primera exposición de la pintora. Poco después se embarcaría sola a Europa para continuar con su formación. Quiero destacar que, antes de partir , O´Keeffe visitó a su hermano Alexius, casi listo para partir al frente de la Primera Guerra Mundial. Su experiencia militar afectó profundamente a Georgia: las cartas y las noticias sobre la guerra influenciaron su estado de ánimo y algunas de sus obras durante esa época. Recalco especialmente la obra “La Bandera”: una sombra solitaria con destellos rojos, que ondea en un oscuro firmamento. No puede evitar ser una alusión al conflicto bélico que asolaba a la humanidad. 

 

Al volver del continente, se mudó a Nueva York con Stieglitz, el paso lógico de casi cualquier artista de la época (incluyendo a Diego Rivera), en una obvia “relación totalmente profesional”, la cual culminó con su matrimonio en 1924. Esta relación abrió mucho el panorama de la pintora: en primer lugar, le permitió codearse con grandes artistas de la época, especialmente fotógrafos y modernistas; y, en segundo lugar, fue precisamente esta visión la que la llevó a pintar imágenes simplificadas de elementos naturales, especialmente flores.

pintura abstracta minimalista de mujer pintando

Antes de continuar esta narrativa, quiero hacer un pequeño paréntesis, que quizá sea visto como un “spoiler”, pero valdrá la pena. Los cuadros de O´Keeffe de esta etapa serían objeto de debate para los críticos del momento, y lo siguen hasta la fecha, pero estos comentarios no van enmarcados en las mentes cochambrosas de hombres viejos y libidinosos, más bien obedecen a los arquetipos que nosotros mismos hemos creado. Las flores son un elemento eminentemente femenino; representan, por un lado, la delicadeza y suavidad que las artes le han atribuido; pero también su forma nos recuerda a elementos anatómicos de feminidad reproductiva. La apertura de una flor es evocadora de receptividad, fertilidad y erotismo sutil.  

 

Los dos grandes del psicoanálisis reconocieron esto: para Jung, las flores pueden simbolizar el ánima (el principio femenino en la psique del hombre) y son una manifestación del inconsciente colectivo que asocia lo femenino con la vida, el crecimiento interior y la transformación espiritual. Freud, por su parte, vio en las flores, para sorpresa de nadie, un símbolo vaginal por excelencia, especialmente en el arte, la poesía y los sueños.

 

Pero volvamos a 1922… Es aquí cuando Georgia comienza con su serie de pinturas naturalistas. Comenzó con una sencilla manzana verde, asegurando pintar algo solo por lo que es. Dos años después, los frutos se convirtieron en flores de colores brillantes: resaltó los rojos de pinturas de Red Canna, que pronto entraron en boca de los críticos de arte, quienes no pudieron ver en ellas figuras anatómicas reconocibles. Estas podrían verse inspiradas, precisamente, en las fotografías de desnudos artísticos que Stieglitz había tomado y exhibido de la artista. Los análisis freudianos continuaron hasta que la propia O´Keeffe se vió en la penosa necesidad de negar todos y cada uno de ellos.

 

En 1929, la pareja se trasladó parcialmente a Nuevo México, donde ella se enamoró perdidamente de los paisajes desérticos y pétreos que ahora la rodeaban. A partir de aquí no tengo mucho que agregar sobre su vida: proliferó como artista hasta que tuvo que interrumpirlo tras un colapso nervioso provocado por las constantes infidelidades de su esposo. Aún así continuaron juntos: viajaron, se amaron, se odiaron, se amaron de nuevo… una vida tan extraordinaria como simple. Con la muerte de Alfred Stieglitz en 1946, Georgia terminó su mudanza a Nuevo México, específicamente a Abiquiú.

 

La metamorfosis final de nuestra artista llegó en 1972, cuando los años alcanzaron los ojos de O´Keeffe: acariciaron su mácula, torcieron las líneas rectas y la dejaron con una muy buena visión periférica. La degeneración macular no es un padecimiento que nos sea ajeno en ningún sentido, pero pocas veces interiorizamos el proceso de adaptación del paciente a su nueva visión. 

 

En un pequeño diálogo de la película “Frida”, entre el gran Alfred Molina, interpretando a Rivera, y la talentosa Salma Hayek, en el papel de la pintora mexicana, la joven Kahlo le pide al pintor que le dé su opinión sobre su trabajo:

 

–Solo quiero una opinión seria. –Dice Frida contrariada. 

–¿Y por qué quieres mi opinión? –Contesta el pintor encogiéndose de hombros. –Si eres pintora pintarás porque no puedes vivir sin pintar, pintarás hasta que mueras…

 

Este “pintar hasta que mueras”, para nuestro caso, se manifestó en una serie muy particular de piedras de O´Keeffe, que se representaban estáticas frente a fondos relativamente sencillos (en comparación con sus trabajos previos). No por lo anterior se consideraron inferiores, incluso con su padecimiento, estas pinturas no abandonan el modernismo dado a luz por su autora. 

 

En 1973, Georgia O’Keeffe contrató a Juan Hamilton, un alfarero de 27 años, como su ayudante; mas pronto se convirtió en su cuidador, su apoyo, y su puente con la materia cuando sus manos ya no podían. Él le enseñó a modelar la arcilla y la acompañó en la escritura de su autobiografía. Estuvo a su lado durante trece años.

 

Conforme entraba en la última curva de la vida, O’Keeffe se volvió cada vez más frágil. En 1984 dejó Abiquiú y se mudó a Santa Fe. Dos años después, el 6 de marzo de 1986, murió a los 98 años. Fue cremada y, como había pedido, sus cenizas fueron esparcidas sobre la tierra áspera y luminosa de Ghost Ranch: allí donde su mirada se había vuelto paisaje.

 

La obra de Georgia O’Keeffe nos recuerda que la visión no es exclusivamente óptica, sino también emocional, táctil e imaginativa. Su progresiva pérdida visual, lejos de silenciar su lenguaje plástico, lo transformó. Como tantos pacientes que enfrentan enfermedades degenerativas oculares, O’Keeffe atravesó el duelo de su mirada sin ceder del todo al abismo; reconfiguró su relación con el mundo, explorando otras formas de percibir, como si su arte hubiera anticipado la ceguera, como si sus flores –cavernosas, abiertas, sexuales, ambiguas– hubieran ya insinuado que ver no es simplemente enfocar.

 

En su tenacidad, muchos pacientes pueden reconocerse. El arte no solo registra la visión, también la pérdida. Y, en ese registro, se vuelve refugio, espejo, y hasta una prótesis del alma.

Ilustración de mujer pintando
      1. Lisle, L. (1986). Portrait of an Artist: A Biography of Georgia O’Keeffe. Seaview Books.
      2. Drohojowska-Philp, H. (2004). Full Bloom: The Art and Life of Georgia O’Keeffe. W. W. Norton & Company.
      3. Neumann, E. (1955). The Great Mother: An Analysis of the Archetype. Princeton University Press.
      4. Taymor, J. (Director). (2002). Frida [Film]. Miramax Films.
      5. Nyman, S. R., Dibb, B., Victor, C. R., & Gosney, M. A. (2012). Emotional well-being and adjustment to vision loss in later life: a meta-synthesis of qualitative studies. Disability and Rehabilitation, 34(12), 971–981. https://doi.org/10.3109/09638288.2011.626487
      6. Cimarolli, V. R., Reinhardt, J. P., & Horowitz, A. (2006). Perceived overprotection and distress in adults with visual impairment. Rehabilitation Psychology, 51(4), 338–345. https://doi.org/10.1037/0090-5550.51.4.338

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