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IA: Trick or Treat?

Dr. Gerardo González Saldívar, Dra. Anacecilia Juárez Niño

El día de hoy hablaremos de un tema que está en boca de todos, desde científicos hasta guionistas de películas futuristas: la inteligencia artificial (IA). No es raro ver cómo esta tecnología ha crecido en el mundo científico, acaparando los artículos más leídos en revistas médicas indexadas hasta protagonizar historias de ciencia ficción, y no es para menos; la IA ha experimentado un crecimiento exponencial en las últimas décadas, pasando de ser una curiosidad académica a una herramienta en múltiples disciplinas. [1] Ha dejado de ser algo exclusivo de laboratorios o universidades para convertirse en un instrumento de uso diario. 

Basándose en algoritmos que imitan procesos cognitivos humanos, la IA es capaz de aprender, razonar y tomar decisiones con una precisión creciente. En el ámbito médico, su aplicación va desde la predicción de enfermedades hasta la automatización de procesos diagnósticos y la optimización de flujos en consulta. Particularmente en oftalmología, se ha convertido en un aliado clave para el diagnóstico temprano de patologías como la retinopatía diabética, la degeneración macular relacionada con la edad y el glaucoma. Sin embargo, aún persiste la inquietud sobre si esta herramienta nos desplazará algún día. ¿Deberíamos temerle o deberíamos incorporarla como extensión a nuestras habilidades clínicas? La respuesta parece inclinarse hacia lo segundo: la IA no viene a reemplazar al oftalmólogo, sino a potenciarlo.

Lejos de ser una amenaza, la IA debe ser vista como un complemento poderoso para el trabajo médico. En oftalmología, por ejemplo, algoritmos entrenados con millones de imágenes de retina y OCTs ya son capaces de identificar con alta sensibilidad y especificidad patologías como retinopatía diabética, edema macular, membranas epirretinianas y signos tempranos de glaucoma. [2] 

Estas tecnologías no solo están revolucionando el diagnóstico de enfermedades, sino que también pueden transformar la forma en que se organiza la atención médica desde el primer contacto con el paciente. [3] Imagina una especie de asistente virtual, disponible 24/7, sin prisas, enojo o tiempo de espera; pues la IA tiene la ventaja de poder atender a múltiples pacientes al mismo tiempo, de forma amable, constante y sin cansarse. Un sistema que actúa como preconsulta, un call center inteligente con el cual los pacientes pueden comunicarse. Con base en los datos recolectados, es capaz de identificar quiénes necesitan ser atendidos con mayor urgencia y cuáles pueden esperar, filtrando y priorizando las consultas de manera eficiente. Además, puede revisar automáticamente la agenda del médico para encontrar el mejor horario disponible y programar las citas sin intervención humana. Esto no solo mejora la experiencia del paciente, sino que también reduce la carga administrativa del personal y optimiza los recursos, principalmente en contextos donde los sistemas de salud están sobrecargados. 

La IA también se ha convertido en una herramienta útil para los propios médicos, pues ayuda a organizar ideas para preparar presentaciones, visualizar la estructura general de un artículo o presentación científica, diseñar borradores de protocolos de investigación y analizar grandes volúmenes de datos clínicos. Todo esto ayuda a reducir la carga de trabajo no asistencial, lo que permite que el médico pueda enfocar su tiempo y energía en la toma de decisiones clínicas, terapéuticas y quirúrgicas con mayor claridad, así como el trato humano con el paciente.

La inteligencia artificial no viene a quitarnos el lugar, sino a ser un apoyo. Lejos de ser una amenaza, es una herramienta poderosa que deberíamos empezar a integrar cuanto antes en nuestra práctica diaria. Su avance no se va a detener, y su eficacia ya ha sido más que probada en muchos campos. Esperar a entenderla al 100 % sería como negarse a usar un estetoscopio hasta saber exactamente cómo funciona por dentro. Si postergamos su adopción, corremos el riesgo de quedarnos atrás como profesionales y, peor aún, de demorar beneficios concretos para nuestros pacientes. La clave está en prepararnos: entender cómo funciona, fomentar su uso ético y aprender a aplicarla con criterio y estrategia. Porque, aunque la IA puede procesar datos con una velocidad increíble, hay cosas que solo un ser humano puede aportar: el juicio clínico, la experiencia construida a lo largo de los años y, sobre todo, la empatía. No se trata de competir, sino de colaborar. En esa alianza, el verdadero beneficiado será siempre el paciente.

          1. Alqahtani AS, Alshareef WM, Aljadani HT, Hawsawi WO, Shaheen MH. The efficacy of artificial intelligence in diabetic retinopathy screening: A systematic review and metaanalysis. Int J Retina Vitreous. 2025;11:48. doi:10.1186/s40942-025-00670-9
          2. Wang J, Liu Y, Kim H. HM-VGG: A hybrid model for glaucoma diagnosis using multimodal retinal imaging. Comput Biol Med. 2024;169:107637. doi:10.48550/arXiv.2410.24046
          3. Bracken A, Feeley A, Reilly C, Sheehan E, Merghani K, Feeley I. Artificial Intelligence–Powered Documentation Systems in Healthcare: A Systematic Review. J Med Syst. 2025. doi:10.1007/s10916-025-02157-

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