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Pintar con la mirada: segunda edición del festival AsombrArte 

Dr. José Manuel Rodríguez Pérez

Hace exactamente un año estaba en esta silla escuchando las voces de maravillosos artistas cuyas vidas fueron cambiadas y renovadas por las artes. Ahora, no son voces lo que escucho, sino música; pues fue precisamente eso lo que marcó esta segunda edición del Festival AsombrArte, mismo que, solo como recordatorio, es un increíble festival con creadores de diversas disciplinas, que comparten un factor común: algún grado de limitación visual y la convicción de que el arte no solo se ve, sino que se siente, se toca y se vive.

En esta ocasión, el evento se llevó a cabo en las instalaciones de la Biblioteca José Vasconcelos, ubicada en el centro de la capital mexicana; y, al llegar al vestíbulo principal, uno podía percibir una atmósfera de expectación y emoción mucho más intensas que las del año pasado… El murmullo de los asistentes se mezclaba con los primeros acordes de piano, el roce de las manos sobre la plastilina y el aroma de los materiales artísticos recién dispuestos en los talleres. Cada rincón parecía vibrar con creatividad contenida: risas, susurros de descubrimiento, almas que buscaban comprender, tocar y sentir. Angélica Lenz, fundadora y directora del festival, comenzó la inauguración con una sonrisa cálida, recordándonos que más de 11 millones de personas en México viven con discapacidad visual y que este festival busca dar visibilidad a su talento y creatividad. Sus palabras flotaban en el aire y uno podía sentir cómo, de manera silenciosa pero poderosa, la promesa del arte comenzaba a desplegarse en cada gesto y en cada obra por nacer.

 

Los talleres fueron tan variados como asombrosos. El taller Cuento sensorial: Aventura en el bosque de los sentidos” no era un simple relato para escuchar, sino un viaje en el que cada participante se convertía en explorador. Al ingresar al espacio se percibían aromas de tierra húmeda, hojas y flores, mientras suaves sonidos de viento, pájaros y ramas crujientes envolvían la habitación. Los asistentes recorrían el bosque imaginario guiados por la voz de la narradora, pero también por texturas, perfumes y objetos que podían tocar, oler y escuchar. Cada paso era una sorpresa: hojas que crepitaban bajo los dedos, frutas que liberaban su fragancia, el murmullo de un arroyo recreado con piedras y agua. En esta aventura, la visión quedaba en un segundo plano y el resto de sentidos tomaba protagonismo. Niños y adultos, por igual, se dejaban llevar, explorando no solo el bosque, sino también la riqueza de su propia percepción; redescubriendo la manera en que el mundo puede sentirse cuando se percibe con todo el cuerpo y la imaginación.

Quiero destacar, especialmente, el taller de alebrijes “El vuelo de la imaginación”, donde los participantes moldeaban figuras fantásticas, surgidas directamente del tacto y la memoria sensorial. “Cada color, cada textura, me hace imaginar historias que no podría contar con palabras”, compartió Ana, una joven con baja visión, que modelaba un dragón de plastilina. ¿Quién dicta la forma de un alebrije? ¿Quién le pone alas o cuernos, colores y sombras? Solo quienes han soñado y cuyos ojos ven más de lo real. Lejos de la técnica o del resultado, lo más valioso era la manera en que el arte permitía expresarse sin barreras: la visión física dejaba de ser limitante, y el tacto, la memoria y la imaginación tomaban el relevo. 

 

Como comentaba al principio, la música fue la gran protagonista del evento. Hemos hablado en otras ocasiones sobre músicos que han salido adelante a través de los sonidos que nacen de sus manos o toman forma en su voz. De la mano de esto, quiero hablar un poco sobre el jazz: una de las formas más complejas y dinámicas de interpretación musical, que no faltó en este festival. La sala se llenó de notas azules cuando David Viñolas y Montse Urán subieron al escenario con su Jazz Duet. Los ritmos improvisados y los matices delicados de los instrumentos creaban un diálogo silencioso entre músico y oyente; un lenguaje que no necesitaba ojos para ser comprendido. Al final de cada pieza, el aplauso era un suspiro colectivo; un reconocimiento de que la música, más que escucharse, se sentía en cada fibra del cuerpo.

 

El rap de Erick Fiesco, “Clarivivencias: Más allá de lo E-vidente”, ofreció un mensaje urbano y directo sobre superación, resiliencia y comunidad. Sus versos parecían un espejo de las experiencias de quienes enfrentan la vida más allá de lo visible. Por su parte, los oyentes, algunos moviéndose al compás y otros con los ojos cerrados, absorbían cada palabra como un mensaje de resistencia;  un puente entre historias conectadas por una voz y albergadas en decenas de corazones.  

 

Entre talleres, conciertos y ponencias, el festival ofreció decenas de momentos que desafiaban la percepción habitual: juegos de mesa inclusivos, tiro con arco a ciegas, simuladores de baja visión, artes marciales adaptadas, e incluso la interacción con perros de servicio. Todo, en afán de recordarnos que la inclusión es un arte en sí misma: una práctica de empatía y sensibilidad, que da lugar a distintas perspectivas y fomenta la unidad.

Los perros de servicio hicieron su aparición con calma y disciplina, caminando junto a sus guías, y exponiendo la coordinación y confianza que solo años de entrenamiento pueden otorgar. Más allá de sus habilidades, los animales parecían encarnar la paciencia y la fidelidad en su forma más pura; enseñaban que la inclusión no es solo adaptar espacios o herramientas, sino también cultivar relaciones que respeten y potencien las capacidades de cada persona. Su presencia recordaba, además, que la ayuda y el acompañamiento no siempre se expresan con palabras; a veces, un simple toque o un paso compañero, pueden transformar la vida de alguien más.

 

Para concluir nuestro recorrido por AsombrArte, tuve la oportunidad de conversar con Sandra Vázquez Jiménez, artista plástica que enfrenta la vida con glaucoma y degeneración macular. Su obra se centra en cuadros texturizados que retratan nadadores en su elemento; un tema que cobra un sentido aún más profundo al escuchar sus palabras: “Dentro del agua, todo mi cuerpo puede ver. Cuando nado, ni siquiera pienso en que mis ojos no pueden hacerlo”. Sus trazos y relieves reflejan no solo movimiento, sino la manera en que el cuerpo percibe y se adapta al mundo más allá de la vista.

 

Junto a su autorretrato, destacaba otra obra: un nadador deslizándose entre pétalos rosados. Ante mi curiosidad, Sandra me explicó con su propia voz:

El cuadro se llama “Fotando entre flores de cerezo”. Este cuadro nació como un homenaje a mi maestro de natación. Su esposa falleció cuando su hijo tenía apenas tres años, y al poco tiempo también falleció su madre. Desde entonces sintió que en su vida faltaba la presencia femenina. Los hombres también sufren, también lloran y sienten, pero en medio del dolor tenemos esos pequeños renaceres diarios que nos mantienen a flote. Quise recordarle eso, que, incluso en la pérdida, hay algo que florece”.

Después guardó silencio unos segundos, como si volviera a nadar entre sus propios recuerdos, y añadió: “En la vida todos tenemos pérdidas: desde el nacimiento hasta la muerte. Vamos dejando cosas atrás, pero también ganamos. Perdemos juventud, pero ganamos experiencia; perdemos certezas, pero ganamos profundidad. Para mí, este cuadro representa justamente eso: la evolución de la vida, las pequeñas pérdidas que nos transforman y todo lo que ganamos al seguir avanzando, como quien sigue nadando, incluso con los ojos cerrados.”

 

AsombrArte 2025 nos recordó que la visión no es un límite, sino un punto de partida. Las historias de resiliencia de los artistas, las experiencias sensoriales de los talleres y la diversidad de expresiones artísticas conforman un mosaico de posibilidades que nos invita a mirar más allá de lo evidente y a reconocer que, a veces, los ojos más abiertos son los que no ven.

      1. Lisle, L. (1986). Portrait of an Artist: A Biography of Georgia O’Keeffe. Seaview Books.
      2. Drohojowska-Philp, H. (2004). Full Bloom: The Art and Life of Georgia O’Keeffe. W. W. Norton & Company.
      3. Neumann, E. (1955). The Great Mother: An Analysis of the Archetype. Princeton University Press.
      4. Taymor, J. (Director). (2002). Frida [Film]. Miramax Films.
      5. Nyman, S. R., Dibb, B., Victor, C. R., & Gosney, M. A. (2012). Emotional well-being and adjustment to vision loss in later life: a meta-synthesis of qualitative studies. Disability and Rehabilitation, 34(12), 971–981. https://doi.org/10.3109/09638288.2011.626487
      6. Cimarolli, V. R., Reinhardt, J. P., & Horowitz, A. (2006). Perceived overprotection and distress in adults with visual impairment. Rehabilitation Psychology, 51(4), 338–345. https://doi.org/10.1037/0090-5550.51.4.338

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