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Eso que te observa: el ojo, un elemento de horror en las artes

Dr. José Manuel Rodríguez Pérez

¿Alguna vez te has cuestionado, mi querido lector, lo inquietante y terrorífico que puede ser un ojo?

Imagina por un momento a la persona amada… céntrate en uno de sus ojos; ahora, quítale los párpados, las pestañas, el otro ojo, la nariz, el rostro entero, sus músculos, huesos y demás. ¿Qué te queda? Solo un objeto que, de alguna manera, puede observarte.

Para quienes ejercemos la oftalmología, el ojo no solo es nuestro modus vivendi, sino también el origen de nuestra angustia. ¿No me crees? Pregunta a tu oftalmólogo de confianza cuántas noches ha dejado de dormir porque su postoperado lo asalta en mitad de la noche con un: “Doctor(a), me quité el parche y no veo nada”.

Luego de esta microhistoria de horror, puedo pasar a lo que viniste a buscar: ¿cómo se relaciona el terror con el ojo y, a su vez, con las artes? Para responderte, debemos hablar en perspectivas.

 I

Perder lo que tenemos

 

En una calle de Constantinopla, Jacques-Louis David retrata a un hombre. No a cualquier hombre: el otrora gran general Belisario, hoy ciego, estira la mano para solicitar caridad. Frente a él, un niño lo ayuda como lazarillo. A sus pies, la leyenda: Date obolum Belisario (Dad un óbolo a Belisario). Es aquí donde radica uno de los miedos esenciales del ser humano: perder el poder que nos da la vista. En la antigüedad, quedar ciego era ser relegado al mundo de los parias, de los mendigos, de los desvalidos.

 

El cegamiento de Sansón de Rembrandt van Rijn, es un caso similar; historia bíblica con la que, creo, muchos podremos identificarnos. En resumidas cuentas, Sansón, juez de Israel, poseía una fuerza descomunal otorgada por Dios a cambio de que su cabeza jamás fuera tocada por un cuchillo. Nuestro héroe se enamora —como era de esperarse— de Dalila: una mujer filistea, del pueblo enemigo. Cada noche, ella le pregunta cuál es el origen de su fuerza y cómo podría perderla. Es tanta su persuasión que, finalmente, Sansón le revela su secreto. Esa misma noche, la mujer corta su cabello mientras él duerme; Sansón pierde su fuerza y es atrapado casi al instante. Luego, sus captores le arrancan los ojos con hierro candente. El resto, como dicen, es historia.

 

El cine tampoco queda exento de esta angustia visual. Los conocedores del surrealismo recordarán la película Un chien andalou (Un perro andaluz) de 1929, producción franco-española del grandioso Luis Buñuel. La trama carece de importancia para nuestro tema, pero una escena ha quedado tatuada en la memoria del cine: una navaja corta un globo ocular mientras se contrapone la imagen de una nube que secciona la luna.

Cuarenta años después, en 1960, Georges Franju le daría escalofríos a más de uno con Les yeux sans visage (Los ojos sin rostro), donde un cirujano busca reconstruir el rostro de su hija con fragmentos de los rostros de mujeres secuestradas. Lo verdaderamente perturbador no son las cirugías, sino ver esos ojos vivos en una cara carente de humanidad.

 

II

Matar con la mirada

 

En esta sección ya hemos discutido distintas formas en que los antiguos identificaban al ojo con la capacidad destructiva: el mal de ojo y sus orígenes en Mesopotamia, pasando por el pueblo judío hasta nuestros días. Por ello, no me detendré aquí; sin embargo, aún queda algo por agregar… La historia de Medusa no puede ser pasada por alto. Su mirada convertía en piedra a todo aquel que se cruzara con ella. No obstante, esta “maldición” fue anterior a su transformación en el monstruo que habita en el ideario popular. Su tragedia comenzó cuando cruzó miradas con Poseidón en el templo de Atenea; esa mirada selló su destino para siempre. Citando al gran poeta griego arcaico Luis Felipe Fabre:


¡Oh Medusa, aterradora como la belleza! ¡Oh Medusa, aterradora como la verdad! ¡Oh Medusa, aterradora como el amor!

 

Más allá del mito, la mirada ha sido también entendida como un instrumento de control y destrucción simbólica. Michel Foucault lo expresó con precisión al hablar del panóptico: un sistema de vigilancia donde el simple hecho de saberse observado modifica la conducta del sujeto. No hace falta lanzar un hechizo ni poseer colmillos; la mirada del poder, constante e invisible, puede despojar al individuo de su libertad interior, reducirlo a obediencia y, finalmente, a sumisión.

 

Pero existe una forma aún más íntima y oscura de matar con la mirada: el deseo que consume. El vampiro no necesita fuerza bruta, su arma es la fascinación: una mirada que paraliza, que seduce, que atrae al abismo. La víctima no muere al tratar de resistirse; como Medusa petrifica, el vampiro inmoviliza: la víctima se entrega, el deseo la hipnotiza. El cine lo ha mostrado una y otra vez: la mirada del vampiro es un artilugio que refleja lo que desea, incluso la propia destrucción. ¿No es esa la forma más cruel de morir? Ser visto hasta desaparecer, amar hasta vaciarse, ser objeto de una mirada tan intensa que no deja nada detrás.

 

Así, se puede “matar” con la mirada sin que corra una sola gota de sangre. El ojo del tirano, del Gran Hermano de Orwell, del inquisidor o incluso del amante celoso, no necesita actuar: basta con existir y ser visto. El castigo no es físico, sino psicológico: la anulación de la voluntad. De esta manera, la mirada se convierte en prisión. No es Medusa quien convierte en piedra, sino el Estado, la sociedad, la norma… y a veces, nosotros mismos.

 

III

Ver lo que no se puede ver

 

Hablando de morir, ¿qué pasaría si nuestros ojos vieran más allá de la muerte? Esta creencia funciona en dos sentidos: en el Antiguo Egipto, las almas de los difuntos requerían conjuros y rituales específicos para poder ver a sus seres queridos, recibir ofrendas, y contemplar a los dioses en el campo de juncos. Tal es el caso del sarcófago de Khnumnakht, del Imperio Medio, expuesto en el Metropolitan Museum de Nueva York. A un costado, dos ojos parecen mirar desde dentro, como una ventana hacia el mundo de los vivos. A miles de kilómetros del Nilo, en las Islas Británicas, los antiguos bretones y celtas atribuían a los druidas la capacidad de ver a los muertos. Esta habilidad los conectaba con el mundo invisible y les permitía nutrirse de su sabiduría. Así lo describe Sir Walter Scott en The Lady of the Lake (1810):

“Era conocido por todos que en su mirada existía un presagio oscuro, y que sus ojos veían lo que el resto no podía. Sus palabras, a veces sin sentido, contenían advertencias que solo se comprendían cuando el evento ya era inevitable. Muchos temían su mirada, pues traía consigo las sombras de un destino ya escrito.”

 

Esta misteriosa capacidad es representada en la película El ojo de Danny Pang (2002), donde una mujer que recibe un trasplante de córneas comienza a ver los fantasmas que rodeaban a su donante. La operación, pensada como una restauración de la vista, se convierte en una apertura a lo invisible.

 

No resulta descabellado pensar que un fragmento de otro cuerpo —una córnea, una mirada ajena— conserve algo más que tejido: tal vez memoria, tal vez destino. El ojo trasplantado no solo permite ver, sino que introduce a quien lo porta en una historia que no es la suya. Como si mirar con ojos ajenos implicara también heredar sus fantasmas. ¿Y si cada órgano cargara con una huella del alma? ¿Y si los ojos, más que ventanas, fueran umbrales? En ese caso, ver ya no sería un simple acto biológico, sino una forma de ser poseído.

 

IV

Ojos que todo lo ven

 

A nadie le es ajeno el concepto del “ojo omnisciente”: un elemento providencial y divino que vela por cada uno de nosotros día y noche, que nos contempla con amor y compasión. Pero, ¿y si no fuera así? ¿Y si ese “ojo que todo lo ve” fuera una entidad caótica y sombría que flota entre dimensiones, esperando al desafortunado insensato que se cruce con su mirada para arrastrarlo a la locura?Así comienzan a describirse los dioses antiguos del maestro del horror cósmico H.P. Lovecraft. Nyarlathotep, por ejemplo, en El que acecha en el umbral, es “un ser que en la oscuridad no solo observa, sino que acecha, esperando el momento para deslizarse hacia el mundo humano”.

 

En Las montañas de la locura, se nos dice:

 

“Vi en aquellos murales tallados, en aquellos ojos de piedra, una vigilancia silenciosa, fría y eterna. Era como si todo lo que hubiera ocurrido en la Tierra hubiese sido registrado, y que, de algún modo, esas criaturas pudieran verlo todo, conocerlo todo”.

 

Finalmente, Azathoth, el “dios idiota” como se le conoce, es descrito así:

 

“El caos central, en cuyo inconmensurable poder yace la fuente de todas las cosas, y cuyos pensamientos son tan extraños que ninguna mente humana puede comprender. Y, aun así, lo percibimos, como si su inconsciencia nos mirara desde las sombras. En ese único ojo solo podemos encontrar la desesperación y la locura”.

 

Y sin embargo, seguimos mirando

 

El ojo, espejo del alma, umbral hacia el otro mundo, instrumento de poder, deseo y condena. Lo tememos, lo veneramos, lo evitamos y lo buscamos. ¿Por qué? Porque mirar —de verdad mirar— nos expone. Nos revela ante el otro, pero también ante nosotros mismos. Tal vez por eso el ojo ha sido siempre una figura ambigua: ilumina y aterra, guía y vigila, ama y destruye.

 

En el fondo, el ojo no es monstruoso porque vea. Es monstruoso porque nos recuerda que también somos vistos. Y en esa mirada —real o imaginaria, mística o mecánica— se juega la más antigua de las verdades: que no hay terror más profundo que saberse vulnerable… y aún así abrir los ojos.

      1. Honour, H., & Fleming, J. (2001). Historia del arte. Alianza Editorial.
      2. Graves, R. (2011). Los mitos griegos. Alianza Editorial.
      3. Ovidio. (1994). Metamorfosis (A. Ruiz de Elvira, Trad.). Cátedra.
      4. Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión (A. G. Yanes, Trad.). Siglo XXI Editores.
      5. Didi-Huberman, G. (1997). Lo que vemos, lo que nos mira. Manantial.
      6. Chion, M. (1991). El ojo interminable: cine y visualidad. Paidós.
      7. Skal, D. J. (1993). The monster show: A cultural history of horror. Faber & Faber.
      8. Lovecraft, H. P. (2005). Las montañas de la locura y otros relatos. Alianza Editorial.
      9. Lovecraft, H. P. (2007). El horror sobrenatural en la literatura. Valdemar.
      10. Fabre, L. F. (2022). Poeta griego arcaico. Literatura Random House.
      11. Scott, W. (1810). The lady of the lake.

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