Dr. José Manuel Rodríguez Pérez
Un día salí de una ciudad guatemalteca con dirección a la frontera con México. Mientras viajaba en un rústico camión, casi sordo a los gritos de citas bíblicas aleatorias y al cuchicheo usual del transporte público, algo llamó mi atención… Un hombre subió a vender cierto producto con la siguiente premisa:
“Lleve la nueva gota que los médicos no le quieren vender. Gotas ‘ojo de Jehová’ que le quitan catarata, glaucoma, mácula, problemas de pestañas y de párpado. La mejor si tiene diabetes o si tiene hipertensión. Solo 20 quetzales” (45 pesos mexicanos aproximadamente, una verdadera ganga, si me lo preguntan).
Hasta la fecha no sé qué me causó más sorpresa: el costo o la fila de personas que se levantó para obtener su “milagrito”. No creo que a alguno de mis lectores le suene como una historia descabellada, ni ajena a lo que vivimos en nuestro país. Es una realidad que la charlatanería existió, existe y existirá; pero hoy vengo a contarles algo remarcable: cómo un “influencer médico” del siglo XVIII le quitó la vista a dos de los mayores músicos que ha conocido la Tierra. ¿Charlatán? ¿Víctima de su tiempo? ¿Complicaciones esperadas? Al final, solo ustedes, queridos lectores, tienen la última palabra.
Empecemos con nuestro “charlatán” bajo la lupa. John Taylor es uno de los personajes más extravagantes y controvertidos en la historia de la oftalmología. Vivió entre 1703 y 1772, aproximadamente, y se hizo famoso en toda Europa como un “oftalmólogo itinerante”. Viajaba por todo el continente ofreciendo tratamientos y procedimientos, pues entendió algo en lo que la mayoría de los médicos somos neófitos o ignorantes: lo que hoy llamaríamos “marketing personal”. No solo ejercía medicina, sino que —como diría cualquier mercadólogo— construyó una marca.
Se presentaba como “Chevalier” (el caballero, obviamente aludiendo a la nobleza de tiempos pasados), médico de reyes y nobles, gran experto europeo en enfermedades oculares y autor de tratados médicos; viajaba en un carruaje decorado con ojos pintados y frases latinas; llegaba a una ciudad con anuncios, panfletos y promesas de curación; daba conferencias públicas y ofrecía, entre otras cosas, cirugía de catarata, tratamiento de estrabismo, extracción de cuerpos extraños, colirios y remedios secretos.
Si les suena familiar en el medio médico, no es coincidencia; y tampoco lo es que sus colegas de aquella no tan lejana época lo consideraran vendehumos, exagerado, vanidoso, más vendedor que científico e imprudente quirúrgicamente.
Siendo un poco abogado del diablo, debemos aclarar que, en realidad, el “Chevalier” estaba tan actualizado en la ciencia oftalmológica como se podía estarlo en ese entonces. Era practicante de un tipo de procedimiento conocido como couching: la técnica más antigua para tratar cataratas, mencionada por primera vez en el Código de Hammurabi y recopilada por autores posteriores como Crisipo de Solos y Celso. Esta protocirugía consistía en desplazar el cristalino opaco hacia abajo con una aguja, resultando en afaquia. Era arriesgada y con resultados variables; cabe recalcar que, cuando estos no eran favorables, el oftalmólogo abandonaba la ciudad sin mayor explicación.
En 1750, Taylor entró en contacto con uno de los más grandes músicos que ha conocido la humanidad: Johann Sebastian Bach. Descrito hasta entonces como un hombre sano y robusto, comienzó a experimentar un deterioro visual progresivo que llevaba tiempo gestándose. Sabemos, por testimonios de su hijo, que “siempre fue corto de vista”, retratado con ceño fruncido y ojos entrecerrados (lo que a primera vista podría sugerir una miopía de base, probablemente agravada por años de trabajo minucioso copiando y leyendo música bajo condiciones poco favorables). Sin embargo, ese año la situación cambió: su visión empeoró de forma significativa y comenzó el dolor ocular, un dato clínico que hoy nos haría pensar en algo más que una simple catarata.
Sin un diagnóstico claro, pero bajo la sospecha de catarata, el Chevalier decidió intervenir. En marzo y abril de eso año, realizó dos procedimientos sobre Bach, ambos utilizando la técnica de couching. Ninguna de las dos intervenciones tuvo éxito.
El manejo postoperatorio distaba mucho de ser inocuo. Lejos de favorecer la recuperación, incluía la aplicación directa sobre los ojos de mezclas irritantes como bálsamo del Perú diluido en agua caliente, colirios elaborados con sangre de paloma, sal quemada y azúcar pulverizada, además de prácticas sistémicas como sangrías y laxantes. El resultado fue devastador. Bach quedó completamente ciego, incapaz de continuar su trabajo ni de finalizar su última obra, El arte de la fuga.
En algún momento se describe una aparente recuperación visual transitoria; sin embargo, hoy se interpreta más como un fenómeno alucinatorio, compatible con un síndrome de Charles Bonnet secundario a deprivación visual, donde la corteza occipital, privada de estímulos, genera imágenes de manera consciente.
Poco después, el curso clínico se aceleró. Se describe un “ataque”, término impreciso en la época que podría corresponder a una pérdida súbita de la conciencia, seguido de fiebre persistente y deterioro progresivo durante aproximadamente diez días, hasta su fallecimiento el 28 de julio de 1750, apenas tres meses después de la última intervención. El diagnóstico exacto sigue siendo motivo de debate: se ha propuesto desde un glaucoma complicado hasta eventos vasculares o enfermedades sistémicas concomitantes como diabetes. No obstante, es plausible que complicaciones infecciosas posteriores a la cirugía, no necesariamente una endoftalmitis fulminante, pero sí un estado séptico debilitante, hayan contribuido de manera significativa al desenlace final.
Si la historia de Johann Sebastian Bach resulta trágica, la de George Frideric Handel no es menos irónica. Nacidos el mismo año, nunca lograron conocerse en vida, pero terminaron unidos por un mismo destino: las manos de John Taylor.
Para 1751, Händel se encontraba prácticamente ciego. La pérdida visual había sido progresiva, hasta impedirle completar su última gran obra, Jephtha. A diferencia de Bach, cuya vida fue más discreta, Händel era ya una figura pública, un compositor reconocido y, en muchos sentidos, un empresario musical. La ceguera, para él, no solo representaba una limitación física, sino una condena existencial. Llegó a describir su condición como “peor que la mendicidad, la vejez o las cadenas”.
Buscó ayuda. Fue valorado por Samuel Sharp, cirujano oftalmólogo del Guy’s Hospital de Londres, quien —con una lucidez poco común para la época— le advirtió que su condición difícilmente mejoraría con cirugía y que debía aprender a vivir con ella. Händel, sin embargo, no aceptó ese destino. Y es aquí donde Taylor aparece de nuevo.
Para un médico que vivía de su reputación, intervenir a una figura de la talla de Händel no era solo un procedimiento más: era una oportunidad. Así, bajo el supuesto —quizá equivocado— de catarata, Taylor decidió intervenir nuevamente, ahora sobre el otro gran titán de la música europea.
Diversas fuentes sugieren que la afección de Händel no correspondía a cataratas, sino probablemente a un proceso vascular: una neuropatía óptica isquémica o enfermedad vascular retiniana. Incluso hay indicios de que el propio Taylor sospechaba glaucoma. Aun así, procedió con la cirugía de catarata. El resultado fue predecible: no hubo mejoría. Algunos contemporáneos, de hecho, consideraron que el procedimiento no solo fue inútil, sino perjudicial.
El compositor padeció múltiples eventos vasculares a lo largo de su vida, incluyendo episodios que comprometieron la movilidad de su mano derecha. Este contexto refuerza la hipótesis de una enfermedad cerebrovascular como causa subyacente de su ceguera, haciendo aún más cuestionable la decisión de intervenir quirúrgicamente.
En 1752, Händel ya había perdido la mayor parte de su visión en ambos ojos. A diferencia de Bach, no murió poco después, continuó viviendo varios años más, componiendo, dirigiendo y tocando música apoyado en una memoria prodigiosa, una especie de último bastión frente a la oscuridad. Pero en la vida cotidiana era dependiente, vulnerable y limitado.
Y, como si la historia insistiera en subrayar su ironía, no fue una sola intervención. Años más tarde, Händel volvió a someterse a otro procedimiento, con resultados igualmente fallidos.
Al final, la historia de estos dos gigantes no es solo la de una enfermedad mal comprendida, sino la de una medicina que, en su afán por intervenir, olvidaba a veces la prudencia. John Taylor no fue únicamente un charlatán ni tampoco un genio incomprendido; fue, quizá, el reflejo de una época donde el prestigio podía pesar más que el juicio clínico. En manos de la incertidumbre diagnóstica y de una técnica limitada, tanto Johann Sebastian Bach como George Frideric Handel perdieron la vista, pero no su legado. Porque si algo nos recuerda esta historia, incómodamente vigente, es que en medicina no siempre hacer más significa hacer mejor, y que, a veces, la decisión más sabia no es intervenir, sino saber cuándo no hacerlo.
Nota del autor: en esta ocasión hablamos sobre músicos (¡y qué músicos!), por tanto, sería un verdadero pecado no acompañar la lectura de este artículo con una o dos de sus piezas.
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- Gardiner JE. La música en el Castillo del cielo: un retrato de Bach. Acantilado. Barcelona. 2015.
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- Keates J. Handel: The Man and His Music. London, England: Victor Gollancz; 1992.
- Blanchard DL. George Handel and his blindness.Doc Ophthalmol. 1999;99:247- 258.
- Bazner H, Hennerici M. Georg Friedrich Handel’s strokes. In: Bogousslvsky J, Boller F, eds. Neurological Disorders in Famous Artists. Basel, Switzerland: Karger; 2005:150-159





