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El oficio de mirar: una conversación con el artista dentro del oftalmólogo

Dr. José Manuel Rodríguez Pérez

En números anteriores, hemos explorado cómo distintos artistas han encontrado en el arte un espacio de refugio y reelaboración frente a sus padecimientos oftalmológicos. En esta entrega, el enfoque se desplaza hacia nosotros mismos: hacia la forma en que el ejercicio del arte y la práctica de la oftalmología pueden entrelazarse dentro del quehacer cotidiano. 

Para ello, la sección se compondrá de una breve entrevista al médico y artista, y una muestra de sus trabajos predilectos dentro de su propia obra. No obstante, antes de dar paso a las preguntas y respuestas, es mi deseo presentarles al docente y doctor Rafael Vázquez Rojas: 

 

Cirujano oftalmólogo con alta especialidad en Microcirugía del Segmento Anterior, actualmente adscrito al Servicio de Segmento Anterior de la Asociación para Evitar la Ceguera en México. A lo largo de su trayectoria, el Dr. Vázquez ha desarrollado una práctica marcada por la atención cuidadosa del paciente y por la transmisión del conocimiento a nuevas generaciones de oftalmólogos. La enseñanza, como he señalado en escritos previos, constituye una de las formas más tangibles de filantropía dentro de nuestra profesión; y fue precisamente en el contexto académico, durante una de sus sesiones, donde conocí un poco de su faceta artística; elemento que motivó su inclusión en esta sección y dio pie a la conversación que a continuación se presenta.

Respetable doctor, ¿cómo fue que comenzó a interesarse en la pintura?

 

Tuve interés en la pintura desde que tengo memoria. En mi familia, el ambiente siempre fue muy nutritivo en el plano del arte: mi mamá me enseñó y fomentó el gusto por el dibujo y la pintura; mi papá y mis tíos por la música; y, aunque no con mucho éxito en ese entonces, muchos primos fomentaron la lectura y la poesía. No estoy seguro cómo, pues la percepción del tiempo en la infancia tiene muchos sesgos, pero de alguna manera siempre tuve tiempo para todo. Tengo bonitos recuerdos dibujando al lado de mi mamá con lápices de colores, declamando o con mi papá y mis tíos cantando y tocando la guitarra. De alguna manera siempre existían esos espacios al mismo tiempo que me permití ser niño. Tuve una infancia muy feliz.

 

¿De qué forma cambió el arte su manera de mirar el mundo?

 

Siempre he sido una combinación muy extraña entre hipersensible y demasiado audaz. Entiendo muy bien mis límites ahora, pero siempre me he sentido muy capaz de lograr grandes cosas. Sé que el precio a pagar muchas veces son horas de desvelo o frustraciones en el trayecto, pero lo interesante es que eso lo aprendí gracias al arte. Definitivamente he sentido en muchas ocasiones que la manera en la que me afectan los padecimientos de los pacientes puede ser muy intensa y empática; esto me llevó a exigirme siempre un poco más para entregar resultados absolutamente perfectos. Todos los días opero como si estuviera operando a mi mamá; es un principio que tengo muy arraigado y en él se basa mi actuar. 

 

¿Su acercamiento a las artes cambió de alguna manera su perspectiva sobre la oftalmología?

 

Quise ser oftalmólogo desde que tenía 8 años, y desde entonces he estado encantado por el arte. Este inicio tan prematuro hizo que los pilares de mis grandes pasiones se amalgamaron inseparablemente. Un gran ejemplo de ello fue la primera vez que vi el ángulo iridocorneal, el más hermoso de los paisajes intraoculares. Tan conmovedor como el más prístino atardecer, te atrapa y no te suelta. Nunca he sido bueno para ver rápido a los pacientes, cabe aclarar. 

 

¿Hay alguna obra y/o artista que considere como especial o inspirador para usted?

 

La obra de Claude Monet tiene infinitos niveles de apreciación para el oftalmólogo y amante del arte. No solo desde el contexto histórico y artístico, sino en la perspectiva más literal de una visión a través de cataratas. En su época, Monet era un pintor que generaba disrupción, ya que la tendencia de ese momento era buscar la perfección técnica y el realismo, lo cual es muy irónico, ya que para lograr el nivel de excelencia que él tuvo, se requiere un conocimiento total del comportamiento de la luz, la teoría del color y la forma en la que interactúan las figuras. Es muy interesante ver la evolución de los cuadros de Monet; desde el estanque de los nenúfares, fue perdiendo la visión y su forma de percibir el mismo escenario, por tanto, evolucionó a un formato más expresivo, pero condicionado por la brunescencia persceptiva que lo afectaba. Más allá de limitar o frenar su genio, representó el matiz único de las obras de sus últimos días. 

 

¿Ha descubierto, a partir de la pintura, cosas del ojo que la medicina no le enseñó?

 

No solo eso, sino que muchas veces me he enfrentado a la necesidad de entender y dimensionar espacios de una forma que solo el arte exige. En la pintura es muy importante entender cómo funcionan las cosas: ciertos efectos de la luz, proporciones o ángulos solo son logrables después de un largo proceso de análisis y estudio de un sistema. El solo copiar una fotografía no es suficiente. El estudiar el ojo desde una perspectiva de arte me ha obligado a entender situaciones. El arte como ciencia es muy exigente. 

 

Para cerrar esta idea, algo muy nutritivo que me dio la medicina para el arte es el cúmulo y la gestión de herramientas. Para hacerlo más claro, si sabes cómo se va a comportar un pincel, una salpicada, un brochazo; el efecto de combinar verde olivo con terracota; o si brilla más el blanco titanio que el de zinc; esos recursos ya están disponibles para tu uso en el momento de crear, y esa forma de pensar la aprendí en el quirófano. 

 

En su experiencia, ¿qué ciega más: una opacidad corneal o el miedo a vernos a nosotros mismos?

 

Vernos a nosotros mismos no debe generar miedo, debe de generar interés y pasión. Es el único objeto de estudio que nos acompaña en todo momento, y depende de nosotros que esté abierto al análisis. Aquí lo importante es que ya tenemos un acervo de opciones en el tratamiento de las opacidades corneales, pero cada quien debe encontrar su propia cura ante los miedos. 

 

¿Ha pintado alguna vez desde la rabia, la impotencia o el duelo de un mal resultado quirúrgico?

 

En algún momento quise ser pediatra, pero no pude sobrellevar los retos emocionales que esta especialidad conlleva. Recuerdo estar en mi último año de la carrera y ver a una madre que intentaba estimular la visión de su hija, perdida como consecuencia de una encefalitis viral, usando todo tipo de juguetes, luces y colores. Evidentemente, el pronóstico de esta bebé de 12 meses era malo, mas su madre la visitaba a diario y luchaba por su visión. Esta escena me desmoronó. Y aunque no pinté un cuadro al respecto, sí hice un boceto en el que todo era oscuridad y la única luz visible no eran los juguetes que la madre llevaba, sino su esperanza que nunca había de morir. 

 

De la mano de la pregunta anterior, ¿considera a las artes como un escape o un lugar seguro? 

 

No las pienso como un escape, sino como un lugar para crecer. El escape implica huir de algo; el arte, en cambio, me obliga a mirar con más atención, incluso aquello que incomoda o que no es fácil de decir. En ese sentido, sí es un lugar seguro, pero no porque evite el dolor, sino porque me permite entenderlo y crear a partir de él. 

Visus virdis / 2025 / Acrílico con plastilita en paja de oro sobre lienzo

¿Cree que el arte puede decir verdades sobre la enfermedad que la ciencia no se permite formular? 

 

Sí, porque el arte puede acercarse a la enfermedad desde la experiencia humana y no solo desde el conocimiento crudo. La ciencia necesita precisión, límites y se rige por estándares poco flexibles; el arte puede permitirse la ambigüedad, la expresión de los deseos y la subjetividad. Aquí aparecen verdades que no siempre son medibles, pero sí profundamente reales.

 

En la consulta, el ojo es un órgano; en el lienzo, casi siempre es símbolo. ¿Qué representa el ojo para usted cuando pinta?

 

Es increíble cómo hay un verdadero mundo que solo descubrimos a través de la observación profunda. Bien dicen que el arte nos lleva a una percepción tal que pareciera un sentido más.  Mirar a una persona directamente a los ojos es hablar, contar historias, transmitir emociones completas y absolutamente complejas; pero para el oftalmólogo, es una ventana a otro mundo, es perderse en el entramado iridiano a 40X, ver a cada eritrocito en su trayecto vascular fluyendo en caos o el momento en el que la luz golpea la mirada y vislumbra el panal endotelial. El ojo representa una dimensión más de la realidad, un sentido adicional, un entendimiento diferente de la existencia.

 

¿Alguna vez sintió que debía elegir entre ser médico o artista?, ¿o a su entender ambos oficios se necesitan?

 

Fue un conflicto importante gran parte de mi vida. A los 15 años estuve a punto de dejar la idea de ser médico para convertirme en pianista de conservatorio, y aún pienso que me habría gustado. Sin embargo, fue sencillo en algún momento asimilar el hecho de que el arte nunca dejaría de ser parte de mí. A estas alturas, mi existencia misma exige la presencia de una parte artística que puede ciclar, desde tocar un instrumento, cantar o escuchar una buena canción, o, por supuesto, plasmar una idea en un lienzo. No podemos negar lo que somos y hay cosas que forman parte de nuestro concepto existencial. Por eso supe que al convertirme en médico, o así hubiese decidido ser astronauta, nunca habría dejado de ser artista. 

 

¿Qué le ha enseñado la medicina sobre el acto de crear arte?

 

Que hay que estudiar mucho para tener los recursos necesarios en el momento clave. Pienso en eso cada vez que opero y cada vez que pinto. Pero, más allá de los libros y las largas horas de estudio, la medicina trata de conexión interpersonal, empatía y conciencia; eso crea un circuito cerrado que se expande con el arte. 

 

¿Cree que un oftalmólogo que pinta ve distinto que uno que no lo hace?

 

Para aterrizar en un terreno menos metafórico, voy a contestar a esta pregunta de forma literal. Igual que muchas habilidades, la percepción visual se entrena; no me cabe la menor duda de que un ojo entrenado percibe de forma más detallada las pequeñas sutilezas de tono, de contraste y de textura, por ejemplo, en una capsulorrexis sin tinción. Está demostrado que la expertise de cualquier disciplina genera pequeñas rutas algorítmicas que nos permiten resolver de mejor manera problemas en un campo determinado, y, sin duda, la observación y disciplina de un pintor es un entrenamiento que ejercita áreas útiles en cirugía. 

 

Si tuviera que explicarle a un residente por qué debería cultivar el arte, ¿qué le diría?

 

Que en él encontrará la pieza faltante de la empatía humana. Nunca se arrepentirá.

 

Si un día no pudiera ejercer la oftalmología, pero aún pudiera pintar, ¿qué seguiría diciendo su obra sobre el ojo humano?

 

He pintado ojos desde mi infancia y seguiré haciéndolo por siempre. Además, siendo el campo de aplicación tan amplio, no tendría suficiente vida para pintar todo lo que quisiera respecto a los ojos. Aun así, hay una enorme cantidad de tópicos apasionantes a los cuales dedicar un lienzo, incluso fuera del campo de la medicina. No me gustaría limitarme a nada.

 

Háblenos, por favor, de lo que su obra representa, cómo se inspiró y qué destino tuvo.

 

Hay dos líneas claras en mi obra: la académica y la expresiva; pero lo que más me gusta es cuando se mezclan. Creo que la obra de un artista debe transmitir un mensaje y el mío es claro: el arte está presente en la medicina, solo hay que querer verlo. 

Más allá de trayectorias individuales, esta conversación abre una pregunta relevante para la formación médica contemporánea: ¿cómo se entrena la medicina más allá de la medicina?

El arte, entendido no como ornamento sino como disciplina de observación, aparece aquí como un espacio posible para ampliar la percepción, para crear más personas como “Rafa” que puedan afinar la sensibilidad clínica y recordar que, antes que órganos, tratamos personas que miran, sienten y temen perder parte esencial de aquello que los conecta con el mundo.

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