Dr. Juan Carlos Serna Ojeda @instituto_vision_laser
En los últimos años, la microbiota ha pasado de ser un concepto aislado a convertirse en un eje central de la salud. Su influencia en procesos inflamatorios, metabólicos, inmunológicos e incluso emocionales ha despertado el interés de una nueva generación de profesionales de la salud visual que buscan comprender el cuerpo de forma integral. En esta entrega de Espacio YZ exploramos la relación entre microbiota y oftalmología, un tema donde convergen evidencia sólida, nuevas hipótesis y no pocas controversias. Para una comunidad joven, consciente de su autocuidado, su alimentación y los efectos del estilo de vida en la salud, entender este vínculo es fundamental para enriquecer tanto la práctica clínica como la propia salud personal.
La relación entre microbiota y oftalmología es un campo emergente que, irónicamente, nos ha dejado más preguntas que respuestas. Entenderlo implica mucho más que conocer cómo actúan los microorganismos de nuestro cuerpo; requiere un recorrido puntual, y muchas veces engorroso que, estamos seguros, captará tu atención. Por ello, en esta entrega te brindaremos las principales nociones sobre el tema, y algunas recomendaciones para usar la microbiota a favor de todas y todos. ¿Estás listo(a)?
La microbiota, entendida como el conjunto de microorganismos que colonizan a nuestro cuerpo, representa un eje clave para la regulación inmunológica y metabólica. El intestino, con trillones de estas bacterias, se ha denominado el “órgano invisible” por su influencia en procesos inflamatorios, autoinmunes e incluso neurológicos; no obstante, a pesar de que su alteración (disbiosis) puede estar relacionada con múltiples enfermedades, principalmente sistémicas, su papel en la oftalmología comenzó a ser explorado hace apenas muy poco tiempo.
El concepto del “eje intestino-ojo” surge de conocer que el desequilibrio microbiano intestinal puede modular la inflamación conjuntival, corneal y de glándulas lagrimales. Estudios recientes sugieren que tanto la superficie ocular como el intestino presentan cambios en diversidad microbiana asociados a ojo seco, Sjögren y otras patologías inflamatorias. Sin embargo, aunque esta conexión ha despertado el interés por los probióticos como potencial herramienta terapéutica, hoy vamos a conocer las evidencias y controversias que existen alrededor de ello.
Evidencias: en modelos animales, la suplementación oral con probióticos (lactobacillus, bifidobacterium) ha demostrado reducir citocinas proinflamatorias en conjuntiva y aumentar la secreción lagrimal. Otros trabajos en modelos autoinmunes de ojo seco, reportan recuperación de células caliciformes y mejor estabilidad de la película lagrimal tras el uso de probióticos. Dichos hallazgos apoyan la hipótesis de que modular el microbioma intestinal puede tener efectos inmunorreguladores a distancia en la superficie ocular.
En humanos, algunos estudios piloto y ensayos clínicos han mostrado que los probióticos y prebióticos mejoran síntomas subjetivos, tiempo de ruptura lagrimal (BUT) y confort ocular. Un ejemplo es su uso en mezclas multi-especie, como lactobacillus y bifidobacterium, ya que reportaron reducción de la inflamación e incluso provocaron una notable mejoría clínica. Asimismo, suplementos combinados, como probióticos + lactoferrina o coenzima Q10, han mostrado sinergia en la protección antioxidante y en la estabilidad lagrimal. Y aunque los tamaños de estas muestras han sido en su mayoría pequeños, se puede decir que la tendencia es bastante alentadora.
Controversias: la principal crítica es la inconsistencia de los resultados. Un ensayo clínico aleatorizado de 41 pacientes con ojo seco no encontró cambios significativos en biomarcadores inflamatorios (MMP-9, TIMP-1, PCR sérica) tras 4 meses de probióticos y prebióticos. De hecho, al suspenderlos, los niveles de MMP-9 aumentaron y sugieren un efecto rebote. Además, distintos estudios difieren en qué parámetros clínicos pueden mejorar (síntomas frente a signos objetivos), y esto dificulta la posibilidad de estandarizar resultados.
Otro punto importante a debatir es la falta de consenso sobre qué constituye una microbiota “saludable” para el ojo. Estudios de secuenciación muestran que no existe un núcleo microbiano uniforme en la superficie ocular; además, la mayoría de los ensayos emplean suplementos comerciales sin homogeneidad en cepas ni dosis, y casi ninguno evalúa efectos a largo plazo.
Basados en evidencia, ¿qué podemos empezar a recomendar como oftalmólogas y oftalmólogos? Aunque aún no existen guías oficiales, algunas cepas que destacan por su potencial son las siguientes:
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- Lactobacillus reuteri y L. murinus, asociados a inducción de T reguladoras.
- Bifidobacterium bifidum, que favorece la producción de IgA y modulación inmune.
- Fórmulas multiespecie (≥10⁹ UFC/día de lactobacillus y bifidobacterium), con evidencia preliminar de mejoría clínica.
- La combinación con antioxidantes (omega-3, lactoferrina, coenzima Q10) podría potenciar sus efectos.
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Existen señales claras de beneficio en modelos experimentales y ensayos pequeños; pero también resultados negativos que invitan a la cautela. Por ahora, los probióticos pueden recomendarse como coadyuvantes seguros en pacientes con ojo seco refractario. Las revisiones enfatizan que aún faltan ensayos multicéntricos bien diseñados y con desenlaces clínicos sólidos antes de recomendar probióticos de forma rutinaria en oftalmología. No obstante, estamos seguros que, en los próximos años, los perfiles personalizados de microbiota podrían transformar nuestra manera de abordar la inflamación ocular.
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