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Entre dos países, dos idiomas y una misma vocación

Dra. Silvia Lara Moses

 

Nací y me formé como médica en la Ciudad de México, una ciudad intensa, caótica y profundamente viva. Estudié medicina y posteriormente oftalmología en instituciones públicas de gran exigencia académica, donde aprendí no solo sobre temas médicos, sino también disciplina, resiliencia y compromiso con los pacientes. Con el tiempo, pude desarrollarme como especialista en glaucoma, combinar la práctica privada con la actividad académica y dirigir un servicio hospitalario. Profesionalmente, tenía una vida estable y satisfactoria en México. Sin embargo, siempre existió en mí la inquietud de seguir creciendo y tener una experiencia internacional. 

 

Después de casi veinte años de carrera (licenciatura, especiaidad y alta especialidad), surgió la oportunidad de realizar un entrenamiento en investigación en Glaucoma, en la University of Texas Medical Branch, en Galveston. Fue el inicio de una nueva etapa personal y profesional, ya junto a quien hoy es mi esposo (estadounidense), quien también fue parte importante de mi motivación para construir una vida en el extranjero.

Houston, Texas, 2012.
En Charlottesville con mi esposo, mi mamá y las niñas, 2015.

Migrar como médico no es sencillo. Muchas veces, desde fuera, se piensa que llegar a Estados Unidos automáticamente abre todas las puertas. La realidad es mucho más compleja. Una descubre rápidamente que la experiencia, los años de formación y hasta los cargos académicos obtenidos en tu país no siempre tienen el mismo peso dentro de otro sistema. Aunque valoren tus conocimientos y tu capacidad clínica, existen barreras administrativas, legales y de credencialización muy difíciles de superar.

 

Recuerdo esa sensación extraña de pasar de ser una especialista con autonomía y reconocimiento en México, a ocupar posiciones donde, aun teniendo la preparación y experiencia, no puedes ejercer plenamente como médico. Es un proceso duro para la identidad profesional y también para el autoestima.

 

Después de un tiempo decidimos regresar a México, donde retomé mis actividades previas, tanto académicas como privadas. Más adelante, cuando pensamos en formar una familia, tomamos nuevamente la decisión de regresar a Estados Unidos buscando una vida más segura y estable para nuestros hijos. En Houston nacieron mis tres hijas, prácticamente al mismo tiempo, y mi vida cambió por completo.

Mi esposo y mis niñas en la Isla de Galveston, 2022.
Año nuevo 2023 en Kemah Boardwalk.

En algún momento pensé que estudiaría inmediatamente para los exámenes médicos de Estados Unidos, los famosos “steps”, pero la maternidad, especialmente con tres niñas pequeñas, absorbió totalmente mi tiempo y energía. Como muchas mujeres médicas, entendí que a veces la vida no sigue el orden que uno planea.

 

Alternamos entre México y Estados Unidos. En México logramos establecer una clínica oftalmológica junto con otros colegas, un proyecto construido con enorme esfuerzo y mucha ilusión. Sin embargo, llegó la pandemia por COVID-19 y mantener una clínica privada se volvió extremadamente difícil. Fue entonces cuando decidimos regresar definitivamente a Estados Unidos.

 

En Houston tuve nuevamente la posibilidad de trabajar en oftalmología y realizar otro entrenamiento, esta vez con un enfoque importante en Retina; pero la realidad administrativa seguía siendo la misma: cuando no cuentas con las licencias necesarias para ejercer plenamente, las oportunidades y condiciones laborales son muy complicadas.

Mi lugar de trabajo, Medical College of Winconsin

Con el tiempo llegó una gran oportunidad en Wisconsin, dentro de un hospital académico, donde actualmente trabajo como especialista en Glaucoma, retomando tanto la actividad quirúrgica como la académica. Adaptarme no fue fácil. El idioma médico es una cosa; conectar emocionalmente con los pacientes en otro idioma es algo completamente distinto. En Houston estaba rodeada de pacientes y colegas hispanos. Wisconsin fue otro mundo.

 

Sin embargo, creo que precisamente nuestra manera latina de acercarnos a los pacientes —más cálida, más cercana y más humana— terminó convirtiéndose en una fortaleza. Poco a poco me fui ganando la confianza de mis pacientes y encontré satisfacción en mi trabajo.

 

Hoy valoro profundamente la estabilidad profesional que tanto costó construir; aunque también aprendí que emigrar siempre implica una pérdida parcial de identidad. Uno extraña a su país, a la familia, al humor, a la comida, al idioma, a esa cercanía humana que tenemos en México y que difícilmente se reemplaza.

 

Sigo regresando a México siempre que puedo. Ahí continúan mis raíces, mi familia y también algunos pacientes que todavía buscan atenderse conmigo. Cada vez que vuelvo, recuerdo todo lo que dejé atrás para poder construir esta nueva vida.

Con mi familia en el Museo de Arte Milwaukee, 2025.

No me arrepiento de haber emigrado. Ha sido un camino difícil, lleno de pausas, reinicios y sacrificios personales; mas también ha sido una historia de adaptación, aprendizaje y perseverancia. Creo que muchos médicos que vivimos fuera de nuestro país compartimos esa sensación de estar constantemente entre dos mundos: el lugar de donde venimos y el lugar donde intentamos construir un futuro.

 

Y quizá ahí, justamente ahí, es donde uno termina encontrando una nueva versión de sí mismo.

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